jueves, 26 de abril de 2012

Fabio Tropea, o cómo ser y no ser

La teoría de los colores nos advierte que gracias a la combinación de pigmentos rojos, verdes y azules se puede producir luz blanca, mientras que combinando cian, magenta y amarillo se obtendría su antónimo, el señor de la oscuridad, el negro. ¿Por qué decimos que vemos la luz y no la oscuridad? Porque en la luz hay algo de calor, color y vivacidad que no tiene la oscuridad. Porque la oscuridad nos atemoriza y permite engañarnos, robarnos nuestras pertenencias más directas y adentrarnos en un mundo pantanoso de sombras y no-ideas. 

Teoría de los colores del poeta y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe
Fuente: wikipedia


Precisamente el concepto de luz encaja perfectamente con el de comunidad: una sociedad que comparte valores, donde el calor humano es imprescindible, y nuestro color más vivaz sorprende al resto. Interrelaciones donde la incertidumbre de algunos se apelmaza con valores rígidos, aunque constantes, de otros. Como esa llama que nunca se apaga, en el posicionamiento de la luz se entiende en el mundo: en el posicionamiento de un grupo, también.

Basta con ver el significado del círculo como idea de comunidad natural y compartida – aunque construida por necesidad-  y en el de la flecha, esa rata sin escrúpulos y muchas ambiciones – fundamento de todo, un ejemplo sería McDonald’s- que pisotea a los demás llevándose sus bienes para luego volver a su nido postergado. 

El concepto de círculo también podemos encontrarlo como consecuencia de lo que aprendemos de generación en generación, en patrones familiares, como la relación entre padres e hijos, cuñados y sobrinos u otro ejemplo donde un vínculo sea el elemento unificador del grupo. Es decir, todos los grupos – definidos como conjuntos con un mismo fin, objetivos o ideales para obtener un resultado-.

 ¿A + B = C?
La comunicación, ese instrumento que permite hablar de los orígenes y el saber, la compartición de territorio y valores es, de todas, un instrumento de guerra, similar a otros creados antaño. Es éste un concepto que embarga sociabilidad e interconexión de normas, principios morales o ideológicos entre generaciones: sin éstos, no habría vínculos que los mantuviera suspendidos en ningún grupo social.  

El forastero, ese ser raro, terrorífico, que va en contra de la ley, no comparte vínculos con la sociedad y apechuga un futuro vertical y no horizontal -en el marco de las relaciones entre personas-, como el de la mayoría de los edificios de las grandes ciudades. Es el principal enemigo de la comunicación.Es el ser solitario, un enemigo sin escrúpulos que sólo se guía por su instinto, no quiere comunicar sino poseer. 
                      
La imagen del forastero ha impregnado la mayoría de mitos, cómics, películas y libros, etc. sobre este concepto.  Una ejemplo claro es la saga Crepúsculo, que juega con el concepto del muerto viviente representado en lobo, el mayor depredador de la historia en compañía de los hombres. El temor que desde siempre hemos visto reflejados en los lobos, que salían de su guarida para comer y retornaban a ella, ahora se representan en la sociedad como seres igual de terroríficos y con unos colmillos bien afilados, dispuestos a morder no sólo la manzana del árbol sino toda la comunidad de manzaneros del sistema. Es el primer gran forastero.

En contraposición, otro de los enemigos del planeta es la cucaracha, ese elemento “miniaturizado” que permite moverse por el intersticio de la sociedad y se reproduce con facilidad; y el virus –como una radio muy pequeña-, ese elemento invisible que muta y vuelve a mutar, se reproduce aún con más facilidad y cuesta más de matar. 

Símbolos y tradiciones
En la comida y la “gastronomía” encontramos el concepto de genio de una comunidad. Es el orgullo a negar la evidencia de que una comida autóctona puede cocinarse en más localidades o países alejados  de la cultura de procedencia, aunque eso pueda alertar una ira o malestar por parte de los que creen que es “suya” o “propia”. Este concepto está relacionado con el etnocentrismo y esa necesidad de pensar que nosotros podemos formar un grupo “propio” con valores “propios” que nadie más nos va a robar. 

Una consecuencia de este concepto es institucionalizar la propiedad privada en las personas – y en el artículo 33.1 de la Constitución Española- como un derecho, un medio de subsistencia “normal” en la sociedad. Ésta ha pasado de entenderse como el derecho individual y personal por antonomasia a articularse como una institución jurídica objetiva, cargada de limitaciones impuestas por la función social a la que se encuentra sujeta.

Reflexionemos un poco... ¿Qué son las tradiciones? No son más que símbolos arquetípicos de comportamientos que son repetidos más de dos veces y se extrapolan, se copian a otros lugares, convirtiéndose en festividades llamadas “propias” de cada territorio. Resulta contradictorio, pero si juntáramos las tradiciones de todas las culturales, veríamos que todas tienen algo en común: algún símbolo en especial. Aunque seguramente el círculo visible o invisible de esa tradición es el punto ecuánime de todas éstas, cumpliendo con la función de compartir.

La conclusión de todo este entramado es que el ciudadano se ha ido fragmentado: es una persona que lo conoce todo por televisión, incluidos esos chismorreos que antes se hablaban en pueblos y ahora se hablan en reality shows o simplemente en el nuevo concepto de  “programa blanco”. ¿Por qué ocurre eso? Definitivamente, por la necesidad de permanecer en el círculo, ese círculo que no se regula a sí mismo y que cada vez produce más y más flechas, más y más desvíos, más y más frustraciones.  Sin duda, un mar de dudas para tanta seguridad revalorizada en los grupos.

Hasta que no nos demos cuenta de la importancia de regularnos a nosotros mismos como parte de nuestro ecosistema sin presión alguna, ni la idiosincrasia y la soberbia que aparentamos debido a creencias aprendidas tan sumamente importantes para nosotros –por ejemplo, que el individuo es una propiedad en cotización constante aquí y allá-, no habrá nada que hacer, ni nada que construir en la sociedad homínida de la que todos pertenecemos y formamos parte, por y para siempre.

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